
En la sonrisa loca de las madres baten las leves
gotas de lluvia. En las amadas
caras locas baten y baten
los dedos amarillos de las velas.
Que se agitan. Que son puras.
Gotas y velas puras. Y las madres
se aproximan soplando los dedos fríos.
Su cuerpo se mueve
por el medio de los huesos filiales, por los tendones
y órganos sumergidos,
y las calmas madres intrínsecas se sientan
en las cabezas filiales.
Se sientan, y están allí en un silencio demorado y preso
viendo todo,
y quemando las imágenes, alimentando las imágenes,
mientras el amor es cada vez más fuerte.
Y les golpea en las caras, el amor leve.
El fiero amor.
Y las madres son cada vez más bellas.
Piensan los hijos que ellas levitan.
Flores violentas baten en sus párpados.
Ellas respiran en alto y en bajo. Son
silenciosas.
Y su cara está en medio de las gotas particulares
de la lluvia,
alrededor de las velas. En el continuo
gotear de los hijos.
Las madres son las más altas cosas
que los hijos crían, porque se colocan
en la combustión de los hijos, porque
los hijos son como invasores dientes de león
en el terreno de las madres.
Y las madres son pozos de petróleo en las palabras de los hijos,
y se lanzan, a través de ellos, como chorros
hacia fuera de la tierra.
Y los hijos se zambullen en escafandras en el interior
de muchas aguas,
y traen a las madres como pulpos enroscados en las manos
y en la agudeza de toda su vida.
Y el hijo se sienta con su madre a la cabecera de la mesa,
Y a través de él la madre revuelve aquí y allí,
en las tazas y los tenedores.
A través de la madre el hijo piensa
que ninguna muerte es posible y las aguas
están ligadas entre sí
por medio de su mano que toca la cara loca
de la madre que toca la mano presentida del hijo.
Y por dentro del amor, hasta solamente ser posible
amar todo,
y ser posible reencontrar todo por dentro del amor.
Herberto Helder, ” El poema continuo”
Traducción del portugués: Maite Dono